Esta semana la Filmoteca Valenciana, siguiendo con el ciclo de Clásicos Básicos, proyecta una de las películas más bellas de la historia del cine. Cuentos de Tokio es seguramente una de las obras cumbre del japonés Yasujiro Ozu, y también del séptimo arte. En ella se condensan los temas típicos de Ozu narrados con una aparente sencillez, sencillez que es una de las cosas más difíciles de conseguir en todas las artes.
En Cuentos de Tokio asistimos como espectadores al viaje de una anciana pareja a la capital para visitar a sus hijos y nietos. Los ancianos van descubriendo poco a poco que su visita sólo es una molestia para sus hijos, encontrándose fuera de sitio en un mundo en el que no tienen cabida, y únicamente por medio de una de sus nueras, Noriko, joven viuda de uno de los hijos de la pareja, reciben el cariño y las atenciones que merecen.

El cine de Ozu no es un cine de acción, sino de sentimientos, y a quien no esté acostumbrado al ritmo sosegado de sus películas le puede parecer un ritmo lento, pero a través de la composición pausada de las escenas vamos llegando al corazón de los personajes: sentimos el mismo desarraigo de la pareja de ancianos, el egoísmo y la ingratitud de los hijos, la inmensa soledad de Noriko, y no podemos evitar coincidir con ella en que la vida, a menudo, es decepcionante.
Para esta película, Ozu contó con algunos de sus colaboradores habituales, como Chishu Ryu (sencillamente magistral en el papel del anciano) y Setsuko Hara (magistralmente sencilla como la resignada Noriko), o el co-guionista Kogo Noda, del que se dice que se inspiró en otra gran obra maestra que trata el momento en que los ancianos se convierten en un estorbo, el clásico de Leo McCarey Dejad paso al mañana (1937).
Si de algunas películas se dice que son como la vida misma, el cine de Ozu es la vida misma.

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