De Escena en Escena

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Nader y Simin, una separación

6 de marzo, 2012
santi

El éxito obtenido por el director y guionista iraní Asghar Farhadi con su película Nader y Simin, una separación ha sido prácticamente unánime, triunfando en casi todos los festivales a los que ha concurrido, e incluso obteniendo el reconocimiento de la industria de Hollywood con el Óscar a la mejor película de habla no inglesa.

Dicho éxito, en mi opinión, se basa en que la historia, aunque con un transfondo cultural iraní, podría ocurrir en cualquier rincón del mundo, tal vez con circunstancias diversas, pero los dilemas que afrontan los personajes tienen un contexto universal y no local.

Y es que Farhadi escribe y dirige focalizando en los personajes, en la motivación de su comportamiento y de sus reacciones, siendo Nader y Simin, sobre todo, lo que se considera típicamente como un estudio de caracteres. El hecho de que los actores sean desconocidos para el público occidental ayuda a identificarlos con sus papeles, contribuyendo con sus interpretaciones al realismo de la historia.

Uno de los aciertos de la película es situar al espectador en el papel de juez, pero haciéndole empatizar por igual con todos los personajes, por antagónicos que sean. No se toma partido por ninguno de ellos, mostrando sus virtudes y defectos, sus comportamientos más nobles y los más ruines, explicándose todos ellos desde el entorno en que se mueve cada personaje, pero sin justificarlos ni condenarlos.

Este papel de juez no es metafórico, sino prácticamente literal, al situar buena parte de las escenas en unos juzgados de Teherán. Es ahí donde surge uno de los dilemas que lanza la película, el hecho de si un hombre honesto puede defender su inocencia basándose en una mentira, y la manera en que ello puede afectar a su relación con las personas que creían en su honestidad.

Nader y Simin muestra cómo en muchas ocasiones nuestra actitud en la resolución de un conflicto es una actitud defensiva, que en lugar de aceptar la responsabilidad por nuestros actos intenta en primer lugar ponernos a salvo del aprieto. También es un ejemplo de que el peor enemigo es aquel que se siente humillado e injustamente tratado, sea esta injusticia real o imaginaria.

Pero quizás la lección más importante de esta película derive de nuestra dificultad en el papel de juez, y es que como decía Atticus Finch en Matar a un ruiseñor, “nunca conoces realmente a una persona hasta que no has llevado sus zapatos y has caminado con ellos”. Lástima que, en general, las personas no encuentren esta dificultad en juzgar al prójimo, en una sociedad tan “tolerante” como la nuestra.

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The Artist

20 de enero, 2012
santi

Que una de las sensaciones de este invierno sea una película muda puede ser asombroso. En efecto, The Artist es una apuesta personal y arriesgada de su director y guionista, Michel Hazanavicius, pero el producto es tan cuidado que hace que, al menos, sea de obligada visión para los amantes del cine. Sin embargo, pese a la obligación, es un auténtico gozo.

Obviamente se trata de una película hecha para cinéfilos, que a tenor de los resultados de taquilla, son los que, junto con los que se dejan convencer, están acudiendo a las salas a ver este homenaje a los inicios de Hollywood, lleno de guiños a otros clásicos.

Probablemente, no hubiera podido funcionar con otro tema, pero el acabado es tan perfecto (dirección, fotografía, iluminación, casting, interpretación de los actores), que no podemos dejar de notar el cariño con el que han trabajado los que han hecho esta película.

Y es que el cine dentro del cine siempre ha dado resultados interesantes. The Artist no tiene un argumento original, pues el trasvase del cine mudo al sonoro ya ha sido tratado en películas como Cantando bajo la lluvia (inspiración obvia que se nota incluso en la elección del actor principal, Jean Dujardin, cuyo mimetismo con Gene Kelly es cuanto menos sorprendente, aunque en algunos planos también nos recuerde a Douglas Fairbanks). Igualmente, el cruce de caminos entre una estrella de cine en su ocaso y otra ascendente  es el tema de Ha nacido una estrella, por citar dos de los ejes temáticos del film (y a quien esté interesado en el hilo argumental de Hollywood visto desde dentro, aunque con una visión mucho más pesimista, podemos recomendarles también un par de obras maestras como El Crepúsculo de los Dioses o Cautivos del Mal).

No voy a desvelar más detalles, pero una de las cosas que más me gustó es la sonrisa de los dos protagonistas. Especialmente la de Bérénice Bejo, que transmite una gran alegría y vitalidad, y que por la manera en que la ha retratado, su esposo (el mismo Michel Hazanavicius) le ha hecho el mejor regalo, regalo que ella le ha devuelto mostrando un gran magnetismo en su relación con la cámara. Dudo que vuelva a aparecer tan bella en una pantalla de cine, y es gracias a su sonrisa, lo que nos lleva a la reflexión  sobre la sonrisa como parte de nuestra personalidad … Pero ése ya no es el tema de este post.

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La Gaviota

26 de octubre, 2011
santi

El Teatro Talía nos ofrece la posibilidad, hasta el 27 de noviembre, de ver una de las obras que supusieron un cambio radical en la manera de concebir el teatro. La versión que nos ofrece Eduardo Vasco, ex director de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, respeta la esencia del texto original y nos hace disfrutar de un teatro donde lo que cuenta no es la acción, sino los personajes, sus relaciones y sus sentimientos, siendo tan importante lo que hablan como lo que callan.

La Gaviota es una pieza emblemática que en su momento supuso una completa revolución en la concepción del teatro y que sitúa a Anton Chejov, junto a Strindberg e Ibsen como la trinidad progenitora del teatro moderno, ese teatro que deja el amaneramiento para profundizar en el realismo psicológico de los personajes, dejando que sean los diálogos, los gestos, los silencios los que caracterizen a los personajes, lo que sucede fuera del escenario…

Es fundamental, por tanto, una interpretación creíble de los actores, y a este respecto el reparto hace un muy buen trabajo, destacando la interpretación de Amparo Fernández en el de veterana actriz endiosada, que se resiste a dejar de ser el centro de antención en cada reunión, y que es más propensa a recibir cariño que a darlo, algo que sufre su hijo, un aspirante a autor teatral que quiere romper con las formas de su época (reflejo del propio Chejov), interpretado por un Toni Agustí, al que quizás no le venga tan natural la vertiente dramática como la cómica (se le nota un poco forzado, especialmente en la escena final). La puesta en escena es sencilla, dejando la responsabilidad de la obra a los actores, pero funciona muy bien, recreando ese espacio de recreo veraniego que es para los que viven en la ciudad la casa en el campo, que al mismo tiempo es un espacio opresor, aislante, para los que allí deben vivir todo el año.

En definitiva, una buena posibilidad de revisar (o ver por primera vez) un clásico teatral, y a un precio asequible (las entradas se pueden adquirir con un 40% de descuento en la web Atrápalo.

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El árbol de la vida

4 de octubre, 2011
santi

Una de las ventajas de ser un director de cine e intelectual de reconocido prestigio es la posibilidad de crear obras personalísimas (tan personales que a veces parece que en lugar de estar destinadas al gran público, el creador las ha pensado para sí mismo), obras que en ocasiones desconciertan (e incluso aburren) a crítica y público, pero que a similitud del cuento del nuevo traje del Emperador, los entendidos críticos acaban alabando y alzándolas al grado de obras maestras. No seré yo quien diga que Terrence Malick vaya desnudo en El árbol de la vida, pero el producto final me pareció bastante decepcionante, quizás en buena parte por las expectactivas generadas.

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