El éxito obtenido por el director y guionista iraní Asghar Farhadi con su película Nader y Simin, una separación ha sido prácticamente unánime, triunfando en casi todos los festivales a los que ha concurrido, e incluso obteniendo el reconocimiento de la industria de Hollywood con el Óscar a la mejor película de habla no inglesa.
Dicho éxito, en mi opinión, se basa en que la historia, aunque con un transfondo cultural iraní, podría ocurrir en cualquier rincón del mundo, tal vez con circunstancias diversas, pero los dilemas que afrontan los personajes tienen un contexto universal y no local.
Uno de los aciertos de la película es situar al espectador en el papel de juez, pero haciéndole empatizar por igual con todos los personajes, por antagónicos que sean. No se toma partido por ninguno de ellos, mostrando sus virtudes y defectos, sus comportamientos más nobles y los más ruines, explicándose todos ellos desde el entorno en que se mueve cada personaje, pero sin justificarlos ni condenarlos.
Este papel de juez no es metafórico, sino prácticamente literal, al situar buena parte de las escenas en unos juzgados de Teherán. Es ahí donde surge uno de los dilemas que lanza la película, el hecho de si un hombre honesto puede defender su inocencia basándose en una mentira, y la manera en que ello puede afectar a su relación con las personas que creían en su honestidad.
Nader y Simin muestra cómo en muchas ocasiones nuestra actitud en la resolución de un conflicto es una actitud defensiva, que en lugar de aceptar la responsabilidad por nuestros actos intenta en primer lugar ponernos a salvo del aprieto. También es un ejemplo de que el peor enemigo es aquel que se siente humillado e injustamente tratado, sea esta injusticia real o imaginaria.
Pero quizás la lección más importante de esta película derive de nuestra dificultad en el papel de juez, y es que como decía Atticus Finch en Matar a un ruiseñor, “nunca conoces realmente a una persona hasta que no has llevado sus zapatos y has caminado con ellos”. Lástima que, en general, las personas no encuentren esta dificultad en juzgar al prójimo, en una sociedad tan “tolerante” como la nuestra.
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